Fuego amigo. Los restos de la escritura
Fuego amigo. Los restos de la escritura

Fuego amigo. Los restos de la escritura

Gracia Armendáriz, Juan

Editorial:
Ediciones Contrabando
ISBN:
978-84-123473-3-3
Dice el escritor que concibió la escritura de este libro como la búsqueda en un cráter, tras la explosión, de restos de metralla, de pedazos de un cuerpo querido. Los restos de la... Más información
Materias:
Ensayos literarios
Editorial:
Ediciones Contrabando
Colección:
Interlocutor cruel
Encuadernación:
Tapa blanda o Bolsillo
País de publicación :
España
Idioma de publicación :
Castellano
Idioma original :
Castellano
ISBN:
978-84-123473-3-3
EAN:
9788412347333
Dimensiones:
190 x 120 mm.
Peso:
265 gramos
Nº páginas:
265
Fecha publicación :
01-05-2021
17,00€
(16,35€ sin IVA)
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    Sinopsis

    Sinopsis de: "Fuego amigo. Los restos de la escritura"

    Dice el escritor que concibió la escritura de este libro como la búsqueda en un cráter, tras la explosión, de restos de metralla, de pedazos de un cuerpo querido. Los restos de la escritura de Juan Armendáriz aquí recogidos son literatura en estado puro, memoria fascinante de un proceso. Asistimos al diálogo con esa voz interna implacable, ese amigo fantasma que no se equivoca nunca, tanto si halaga como si critica. Un fuego amigo del que a veces el autor sale herido, a veces vencedor,pero quienes sin duda salimos reforzados, deslumbrados y con esa paz que deja la buena literatura, somos los lectores. «No entiendo la literatura como una profesión, sino como vocación. Es algo que tiene que ver con la luz de una bombilla en la oscuridad y una voz que modula un eco muy antiguo. La vocación es algo que nos paraliza, como a un conejo los faros de un coche en medio de una carretera secundaria, pero que al mismo tiempo insta al movimiento, al hecho maravilloso de asombrarse».

    Recomendado en: Las librerías recomiendan

    "Fuego amigo" de Juan Gracia Armendáriz

    Escrito por: Las Librerías Recomiendan

    Fuente

    No es que sea uno demasiado orteguiano, más bien al contrario, pero me cae bien lo pronto que se dio cuenta de que los libros híbridos, mestizos, aparentemente improvisados, receptivos a materiales muy diversos, inclusivos, hechos sobre la marcha... expresaban de una forma muy atinada y estimulante un nuevo mundo, un tiempo distinto, algo que ya peleaba por ser dicho. Como bien explicó Jordi Gracia en su biografía, Ortega comprendió que "lo deseable es concebir libros por los que el tiempo histórico pasa tan vivo y raudo que apenas tienen tiempo de cuajar, inacabados e inacabables porque son no tanto libros como sombras de libros ligados a la dispersión acelerada y plural del tiempo. De ahí esa sintonía plena entre el pensamiento fluyente, radial, impetuoso e improvisado de Ortega y su predilección por libros misceláneos. A veces contienen breves bitácoras o notas de diario, pero son archivos ambulantes de la efusividad intelectual. Y quizá en ellos va la secreta concentración imprevista de un valor de cambio fuerte"... Esta forma literaria no es necesariamente la superior, siempre ha sido leída como complementaria a la obra principal,  pero desde luego es la que con mayor proximidad y exactitud cuenta, si no "la vida", sí "nuestra vida", o por lo menos el día a día, con apuntes, notas a vuelapluma, esbozos de textos mayores, arranques que se quedan en eso, planteamientos que se dejan para más tarde, aforismos a repensar en otro momento, ocurrencias pendientes de que una temporada en el cajón demuestre su posible valor... En lo pequeño es donde mejor nos encontramos, en lo no calculado, en la intuición repentina que llega a anotarse en cualquier papel, en una cita oportuna que se encuentra sin buscarla, en esa columna que acaba de enviarse al periódico (y en la que también quedan consignadas preocupaciones o hallazgos de hoy, opiniones que nos retratan)... Es la literatura de "cuaderno", que se diría sometida a la que, más ambiciosa y definitoria, se va llevando a los libros, y que sin embargo nos parece cada vez más y más reveladora. Aunque en todo momento se deja claro que es un "libro de encargo", una propuesta que le hicieron (pero "nunca menosprecio un encargo. Hacen saltar el tapón de algo que de otro modo nunca hubiera salido del desván"), el libro que acaba de publicar Juan Gracia Armendáriz responde más o menos a esta fórmula, pero tiene, desde su mismo subtítulo ("Los restos de la escritura"), una bonita e inteligente ambigüedad: puede insinuarse en él que éste es un libro aparte, "secundario", donde acaban las pequeñas notas que no pueden aprovecharse en los proyectos mayores, en las novelas, los cuentos, los ensayos, el periodismo. Pero también sirve para comenzar a dejar claro que este libro, si bien libérrimo y variado, tiene un sentido propio, un "tema" que lo justifica, que es el de la propia escritura, el de las consecuencias en la vida de quien se entrega a ella, el de los sinsabores de una actividad que sin embargo nos sigue apasionando, el de los altibajos de la vocación, el de la convivencia inevitable entre la gloria de la creación y la vileza del mundillo literario, la lucha entre la necesidad de soledad y la necesidad de exposición... El título es formidable: la literatura es exactamente eso, un "fuego amigo", algo que ayuda y que destruye, que angustia y que salva, pero Gracia Armendáriz insiste varias veces en que no tiene sentido sufrir escribiendo, algo que debería ser norma. Está bien tener dudas, dar angustiosas vueltas a algún detalle, sentir esa inseguridad picante del no saber bien qué se tiene entre manos... pero es absurdo escribir si se padece haciéndolo, pues además "sin pasión no hay escritura, sólo oficio". El autor navarro da tímidos consejos sobre escritura (pero "es mejor leer este libro entre líneas, y hacer caso a mis dudas antes que a mis certezas"), nos ofrece sus rutinas, hace un repaso a su propia obra (incluyendo retratos agridulces de sus editores), echa la vista atrás, recomienda lecturas y evoca a autores especialmente necesarios para él. Son impagables sus páginas sobre Umbral, a quien dedicó su tesina, al hilo del estreno de Anatomía de un dandy (y qué distinta y qué mejor sería España si uno de cada diez espectadores que ha tenido esa película hubiese leído un solo libro de Umbral), se recoge la muerte de Marsé ("un maestro"), se reivindica a Benet ("Hay que ponerse las cosas difíciles"), se aplaude a Svetlana Aleksiévich, a Onetti, a Dostoievski, se prefiere a Bobin sobre Houellebecq (es decir, se tiene buen gusto)... También, cómo no, cobra importancia la pandemia que estamos viviendo, y el autor vuelve a introducirnos en sus cotidianas sesiones hospitalarias para tratar su enfermedad, y hay estampas de su ex-vida en Madrid o de su pasado como cronista de sucesos..., pero ante todo se insiste en la lectura: no basta con escribir muy bien, como él, sino que "ser un lector omnívoro es primordial", aunque cuidado, que es muy cierto eso que leemos aquí de que "la escritura cambia la forma de leer"... Y el libro va haciéndose "en directo", el autor lo va releyendo mientras avanza, le da vueltas, piensa en su título, en cómo le va quedando, y al final habla incluso de las galeradas inminentes, de su publicación, y celebra tener a una buena correctora que va a dejar el libro sin erratas (algo que por cierto, y por desgracia, está muy lejos de ser exacto: lamento constatarlo pero en un libro muy bien editado, con una cubierta perfecta y con el texto, en general, muy aseado, se han deslizado bastantes gazapos donde más destacan y duelen, que es en los nombres propios citados). Sería útil que todos los buenos escritores ofrecieran un libro como éste (y muchos, de hecho, lo hacen, a veces de modo indirecto, en cartas a otros escritores, en las notas al margen que perviven en sus manuscritos...), una especie de "poética" que muestre la trastienda del creador, su taller, pero no en esos detalles irrelevantes que suelen interesar a los malos periodistas (horarios, posturas para escribir, si libreta u ordenador, si té o café...) sino en lo hondo, en las motivaciones radicales, en la necesidad de expresión, en los bloqueos, en las zozobras, en las posibilidades de cada argumento, en la pertinencia de cada personaje... En lo que ha de estar siempre en toda obra, sosteniéndola, y en aquello a lo que jamás se le dejará entrar a los libros. En lo que es, en fin, fuego amigo, armamento de defensa, y en lo que es pólvora mojada, falsa munición, ruidosa y mala metralla. Juan Marqués, 'Las Librerías Recomiendan'  

    Más sobre

    Gracia Armendáriz, Juan

    Juan Gracia Armendáriz nació en Pamplona en 1965 y reside en Madrid desde 1989. Es licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad de Navarra y cursó estudios superiores de Estética y Teoría de las Artes en la Universidad Autónoma de Madrid. Fue redactor del periódico El Mundo. Doctor por la Universidad Complutense, ejerció la docencia durante dieciséis años en la Facultad de Ciencias de la Documentación. Es autor de las novelas Cazadores, (2002, Premio Francisco Ynduráin); La línea Plimsoll, (2008, Castalia, Premio Tiflos de Novela) y La pecera, (Demipage, 2015), así como de los exitosos Diario del hombre pálido (2010) y Piel roja (2012), por los que ha recibido diferentes reconocimientos. Ha cultivado la narrativa breve en Noticias de la frontera(Premio Jaen, 1994) Queridos desconocidos (Premio Institución Príncipe de Viana, 1999) y Cuentos del jíbaro, cuyos textos han sido recogidos en numerosas antologías, compilaciones y obras colectivas. Como cuentista, ha obtenido diversos premios; Tomás Fermín de Arteta, Julio Cortázar y Relatos NH, entre otros. Es autor del poemario Como si al otro lado latiera (1994); de la crónica histórica Cuero de montaña (2006) y coautor, junto a Pedro Carrillo, del libro de fotografías y semblanzas literarias Gente de Libro (Demipage, 2006). Ha colaborado en numerosas revistas literarias y suplementos. Es columnista de Diario de Navarra. Parte de su obra ha sido traducida al inglés y francés.
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